¿Puedo invitarle a un café? By Antonio Caro Escobar

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Roberto pasó una mañana por la puerta de aquella cafetería, algo le empujo a entrar, se sentó en un taburete de la barra, fue cuando la vio, allí, tranquila, como si estuvieras esperando a alguien. Cruzaron sus miradas y vio unos ojos tristes, apagados, con una pena que su rostro no expresaba, pero que ellos no podían ocultar.

Terminó su café y sé fue de allí.

A la mañana siguiente volvió, no supo que lo empujó a hacerlo, pero tenía que volver a verla. Cuando pidió el café y se giro hacía la puerta la vio entrar. Al verla de pie se dio cuenta que era alta, llevaba unos pantalones ajustados que le hacían unas piernas muy estilizadas,  junto a una camisa blanca con tres botones desabrochados, lo que le proporcionaba un escote considerable, que dejaba al descubierto el canalillo y acaba en un busto ni muy grande, ni pequeño.

Vista así se la podía considerar una mujer de las llamadas de bandera, elegante, esbelta y aunque no era una belleza de cara, si que tenía algo que atraía las miradas, tanto de hombres, como de mujeres. Pero los ojos, aquellos ojos tristes, algo ojerosos que trataba de disimular con maquillaje era lo que a él le atraían.

Al pasar a su lado la miró, y ella correspondió con una ligera sonrisa, pasó de largo, para sentarse en la misma mesa que el día anterior. Al acomodarse le pego al bolso y se le cayó al suelo, él se levanto de su taburete y se lo recogió.

  • —le dijo ella.
  • De nada, es un placer. —le contesto él— ¿Puedo invitarle a un café?
  • ¿Por qué habría de hacerlo? —le corto ella mirándole a la cara— No me conoce de nada.
  • Pues porque me apetece invitarla. —la atajo él— O porque ayer la vi desayunar sola, hoy la veo de nuevo y el café es para compartirlo con alguien, mientras se charla un rato. Solo sabe amargo. —acabo sentenciando.
  • Con esos argumentos es difícil rechazar la invitación. —dijo ella con media sonrisa.
  • Ya le ha cambiado la expresión del rostro.
  • ¿Qué le pasa a mi rostro? —se defendió ella.
  • Nada, pasar no le pasa nada. —dijo él— Tienes un rostro muy bonito, pero algo triste. Y esa sonrisa le da vida y brillo.
  • ¡Uy! No se si aceptar ese café, me parece que eres muy engatusador. —le dijo ella, ahora con una sonrisa más abierta, más relajada.
  • Por cierto, permíteme que presente. —le pidió él— Me llamo Roberto.
  • Yo me llamo Luisa. — le respondió, ella mientras se daban dos besos
  • ¿Puedo sentarme? —le pregunto Roberto.
  • Si te apetece tomarte el café de pie, por mi no hay problema. —le contesto ella—.
  • No, gracias, prefiero estar sentado y hablar desde la misma altura, desde aquí parece que estoy por encima de ti y no me gusta. —le dijo él a modo de broma. Sentándose al mismo tiempo.
  • Ayer estuviste aquí por primera vez ¿No es cierto? —le dijo Luisa algo inquisidora.
  • Sí, no había entrado antes. —le contesto él— Bueno, miento, si que había entrado, pero de eso hace ya tiempo.
  • Y ayer entraste.
  • Cierto, ayer entre, no se porque, al pasar por la puerta, me apeteció un café y decidí entrar. —le contó él tranquilamente.
  • ¿Y hoy? ¿Qué te ha hecho volver? —le pregunto ella.
  • ¿Sinceramente? — le pregunto a su vez él.
  • —le contesto.
  • Pues… No se. —dijo algo dubitativo— Ayer ti vi aquí sentada, como te he dicho antes.
  • Sí, lo se. —le corto ella— Yo también te vi a ti.
  • Quizás hoy, me haya decidido a volver con la esperanza de volverte a ver. —dijo él mirándola a la cara.
  • ¿Por qué? No me conoces de nada, ni sabes nada de mí. —dijo ella muy tranquila—. ¿Que pretendes? Ligar conmigo en una cafetería.
  • No, que va, más lejos de mi intención. —se defendió él algo cortado por la reacción de Luisa—. No pretendo nada, es más ni siquiera me había planteado hablar contigo, solo que ha surgido, y ya esta.
  • Pero no has respondido a mí pregunta. ¿Por qué querías verme de nuevo? —le repitió ella muy tranquila, como si se conocieran de siempre.
  • No lo se, la verdad —le contesto—. Vi algo en ti, que me llamo mucho la atención, y quería verte para ver que era. O eso creo.
  • ¿Y bien?
  • Y bien ¿Qué?
  • Que si has visto eso que creías, o si sabes ya, que era eso tan atrayente. —le dijo Luisa—. Mirándolo a los ojos.
  • Creó que si. —dijo él—. Son tus ojos, mejor dicho, es tu mirada, tiene algo que impacta.
  • —le susurro ella mirándole directamente a los ojos.
  • No, no exagero, te digo lo que veo o lo que me atrajo de ti al verte —le dijo Roberto con media sonrisa en la cara—. Ahora mismo lo estoy viendo de nuevo en esa mirada, tus ojos marrones se clavan como brasas ardientes en mi.
  • Para, para. —le corto ella—. Que me parece que te estas yendo por otros derroteros muy empinados.
  • Y eso te molesta. —espeto él muy serio.
  • No es que me moleste. —le contesto—. Es que acabamos de conocernos, o mejor dicho, no nos conocemos de nada, y estas tirándome los tejos descaradamente.
  • ¿Y eso te inquieta? —le dijo Roberto rozándole la mano con los dedos.
  • ¡No! No es que me inquiete, es que vas demasiado rápido ¿No crees? —le dijo ella un poco a la defensiva—. Además no sabes nada de mí, si tengo pareja, o estoy casada. No sabes nada.
  • Es cierto, pero puedes contármelo si lo crees conveniente —le dijo Roberto—. Lo que si se y lo se porque me lo dice tú mirada es…Que eres una mujer bonita, agradable y que esta sufriendo por algo. ¿Por qué? Lo ignoro, pero sufres.
  • Creó que te estas… me estas juzgando, sin conocerme y, que no te importa mi vida privada, para hablarme así. —le corto ella un poco tirante.
  • Que va, no me malinterpretes, no te juzgo. —se defendió él—. Solo quería hacerte entender, que lo que yo veo, lo ven otros/as y que no pasa tan desapercibido, como puedas pensar.
  • Perdona —se disculpo Luisa—. No pretendía ser tan borde.
  • No hay nada que perdonar —la exculpó él—. ¡Pero! Si aceptas que te invite a tomar una copa, cuando quieras, esta noche o mañana, cuando tú quieras.
  • Déjame pensarlo —le contesto ella más relajada.
  • Claro que si —le sonrió Roberto—. Tienes 10 minutos.

Lo que hizo que ella rompiera a reír atrayendo las miradas de otros tertulianos del establecimiento.

Roberto le dio su número de teléfono apuntado en una servilleta, con la esperanza vana de que le llamara.

Luisa guardo la servilleta en su bolso, pero no le dio a él suyo. No estaba segura de que le llamara algún día como le había dicho y no quería que él lo hiciera en el momento menos oportuno. Mientras salían ambos de la cafetería y se despedían en la puerta. Cada uno se fue por un lado distinto.

 

La vida da muchas vueltas,  a veces por derroteros que no nos esperamos. Una tarde dos semanas después de aquél café sonó el móvil de Roberto. Era un número desconocido.

  • ¿Sí? ¿Quién es? —pregunto él.
  • ¿Roberto? —dijo Luisa tímidamente.
  • Si, soy Roberto — contesto— ¿Quién eres?
  • Soy Luisa. ¿Me recuerdas?
  • Hola Luisa. Claro que te recuerdo —le dijo él. Con un tono alegre en la voz—. Perdona pero es que no esperaba oír tu voz.
  • Lo supongo —le contesto ella—. Yo tampoco creí que te llamaría hasta este momento. ¿Sigue en pie esa invitación para tomar una copa? —pregunto ella con la voz un poco temblorosa.
  • Claro que si ¿cuando te apetece que quedemos? —le pregunto él.
  • Umm… ¿Ahora te viene bien? —le dijo ella.
  • Sí. Dame una media hora y nos vemos en el metrópoli ¿Sabes donde esta?
  • Si —le contesto ella.
  • Nos vemos allí —sentenció él.
  • De acuerdo y… Gracias —le dijo ella colgando el teléfono.

Roberto se quedo mirando el móvil sin saber que pensar, lo último que esperaba es que ella le llamara después de tanto tiempo. Se fue a la ducha y se preparo para salir a la cita. Llevaba mil cosas en su cabeza en ese momento.

Continuara…

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