El bosque de las Sombras by Antonio Caro

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Galopaba entre los árboles sabiendo que sus perseguidores estaban cerca, las ramas pasaban veloces y algunas le pegaban en pecho y la cara, dejándole arañazos, el caballo veloz levantaba la hierba y los arbustos, desplegando un aroma: A tomillo, cola de caballo, manzanilla y otros olores que se entremezclaban entre si. A su espalda oyó como uno dijo: “Rápido, no paréis, no puede andar lejos hay que cogerlo. Cinco monedas de oro al primero que lo atrape”. Ethart que así se llama el muchacho, azuzaba su cabalgadura todo lo que podía, sabía que si salía de la arboleda no podrían atrapar a su caballo. “Vamos bonito, corre, corre como tu sabes que ya casi estamos” —Le susurraba a su oreja. El animal al oír las palabras de su jinete apretaba el ritmo.

Dejaron atrás el bosque saliendo a campo abierto. Tenía mucha confianza en su caballo, era ágil, veloz como el viento y negro como una noche sin luna. Por el prado podía correr con tal velocidad que apenas levantaba trozos de hierba del suelo, era como si no la tocara. Miró atrás y vio a sus perseguidores salir de entre los árboles, aunque ya estaban muy atrás, habían aprovechado la ventaja que Zahino, su caballo les había sacado en la pradera. Ahora más seguro de si mismo, sabía que les daría esquinazo pronto.

 

Los perseguidores eran soldados del señor del trueno, hermandad creada a raíz de la guerra de los siete estados. Su jefe o general, era un antiguo comandante del pueblo de los caídos, al ver que el desarrollo de la guerra no lo favorecía. deserto, junto a un grupo de treinta de sus mejores hombres y se adentro en los bosques de las sombras, donde se hizo fuerte y fue conquistando las tierras de alrededor, hasta formar lo que hoy es llamado el estado sombrío, nadie se atreve a oponerse al general Ojo Triste, dueño y señor del ejercito de las sombras.

 

Ethart, a sus dieciocho inviernos de vida, ya se ha visto obligado a acabar con la vida de varios soldados del trueno; que tuvo suerte, lo reconoce pero también sabe que es bueno con la espada, desde que era un niño se ha entrenado con los otros chicos de la aldea; pronto destaco sobre los demás y eso no gusto al jefe y mucho menos a su hijo, que siendo de la misma edad que Ethart, veía como sus huesos daban contra la tierra una y otra vez.

Cuando el general ataco la aldea nadie se opuso, el jefe se rindió sin siquiera blandir la espada, hinco la rodilla en tierra y se sometió a los usurpadores. Aquello hizo que siguiera como jefe. Ahora bajo el mando del ejercito del trueno y su general.

Algunos de sus vecinos se opusieron, y ello les costó la vida, entre ellos su padre, un simple panadero; vio como una espada le atravesaba el pecho, solo por decir que debían pleitesía al rey y no a un traidor renegado.

El chico al ver a su padre caer atravesado por la espada de un soldado, ataco preso de la ira y del dolor, al general y a sus soldados, matando a dos de ellos, algunos de sus vecinos al verlo se envalentonaron y le ayudaron en la rebelión, pero esta duro poco, los soldados estaban bien entrenados y acostumbrados a la lucha, mientras que ellos, unos aldeanos, apenas si sabían coger la espada, aún así causaron varías bajas, antes de dar su vida. Luther el herrero, que era de los más fuertes le pidió al muchacho que huyera antes de que le mataran.

  • Huye Etthart, huye antes de que te maten.
  • Nunca, prefiero morir a dejar que se salgan con la suya —le dijo el chico.
  • Si te matan, entonces se habrán salido con la suya y las muertes que ha habido hoy aquí, no habrán servido para nada —le dijo el herrero — Detrás del establo he dejado a Zahino ensillado, es el mejor de la aldea, móntalo,  busca ayuda más allá del bosque de las sombras.
  • ¿Y mi padre?
  • Ya no puedes hacer nada por él, le daremos un entierro digno.
  • Esta bien, —dijo vencido el muchacho— pero en cuanto pueda volveré y matare al general.
  • Esperemos que tengas razón chico —dijo apesadumbrado el herrero— ahora vete y que los dioses te acompañen.
  • No olvidare lo que has hecho hoy por mi Luther.

 

Dijo alejándose de su amigo.

Dio la vuelta al pequeño edificio, cogió las bridas del caballo, de un salto monto a lomos del animal, emprendiendo el galope hacía el bosque.

 

Uno de los asaltantes vio como huía el chico y aviso a su jefe.

 

  • ¡General! Alguien intenta escapar a caballo, va hacía el bosque      — grito.
  • Cogedle y traedlo vivo a ser posible — ordeno el general.
  • Vosotros, a los caballos, vamos tras él — Dijo el que había dado el aviso.

 

Los cuatro soldados que estaban alrededor corrieron a sus caballos, saliendo al galope tras el fugitivo que ya se había internado en el bosque. Cuando creían que lo tenían al alcance de sus espadas, salieron a campo abierto y allí se dieron cuenta de que el caballo de Ethart era más veloz que los suyos, que ya estaban agotados de la carrera, veían como éste, los iba dejando atrás poco a poco y que les sería imposible alcanzarlo, así y todo azuzaron a sus monturas en un intento por acortar distancias, pero los animales empezaron a echar espumarajos por la boca. El que iba al mando del grupo levanto la mano para que pararan.

  • ¡Alto! —grito— dejadlo, los caballos no pueden más.
  • ¿Y el general? —dijo uno de los soldados.
  • Yo hablaré con él —dijo el primero.
  • Lo que tu digas Ronan —contesto el soldado dando la vuelta a la montura.
  • Vamos a descansar un rato y dar un respiro a los caballos —dijo el tal Ronan— volvamos hasta el arroyo que hemos dejado allá atrás, y que beban un poco.

 

Ethart volvió la cabeza y vio como sus perseguidores desistían en su persecución, y paraban a sus monturas. No por ello freno el galope de Zahino, aunque sí se relajo un poco y el animal lo noto.

El muchacho paro unas millas más adelante junto a una arboleda, para dar un respiro a su compañero de viaje y a la vez descansar. Después del exceso de adrenalina que su cuerpo había ido creando, ahora al verse libre de sus perseguidores y relajarse, sus músculos estaban doloridos después de la tensión a la que se habían visto sometidos. Se sentó a la sombra de un alcornoque, resguardado por unas rocas de la vista de posibles enemigos, y sin darse cuenta siquiera, se quedó dormido, mientras su caballo pastaba a pocos metros, antes le había trabado las patas delanteras para evitar que se alejara más de la cuenta.

Tenía un sueño profundo a causa del cansancio, aún así oyó los cascos de un caballo que se acercaba entre las piedras. Toc, toc, toc. Alguien se aproximo hasta el y empezó a hablarle primero despacio.

—Despierta, vamos, abre los ojos perezoso— ¿Quién podría ser? Acaso lo habían seguido desde la aldea. —Pensó entre sueños—  De repente empezaron a zarandearle y a hablarle con más ímpetu. — Vamos despierta, que se hace tarde, espabila —oía en esa duermevela que no te deja moverte.

 

  • ¿Qué hora es? —logro preguntar adormilado como estaba.
  • Ya se te hace tarde para ir al instituto. —Su subconsciente conocía aquella voz, pero no la situaba en aquel páramo.

 

Venga Luis despierta. Al oír aquel nombre algo se despertó en su cerebro. Otra vez te quedaste dormido con el libro en las manos, le dijo una voz de mujer. Seguro que estabas otra vez soñando con alguna de tus aventuras. Anda levántate, que voy hacer para comer la receta que tanto te gusta. Hoy vienen tus primos o tengo que recordarte que hoy es tu cumpleaños —le comento su madre. ¡Felicidades cariño!  a la vez que le daba un beso.

 

La madre de Luis lo miro con ternura mientras salía de la habitación, sabía que le encantaba leer libros de aventuras. Literatura fantástica decía él. Fantasía era lo que le sobraba, tenía una imaginación desbordante. Cuando era más pequeño con siete u ocho años y le preguntaban ¿Qué quieres ser de mayor? Siempre decía lo mismo: “Yo quiero ser escritor”.

 

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