La Diva by Conchi Ruiz

Maria Callas

Se miró al espejo. Había hecho un buen trabajo la maquilladora, pero no se paró en observar detalles. Mejor no. De aquel espejo pasó a otro mayor donde podía contemplar su cuerpo entero, evitó hacerlo y con un movimiento de la mano indicó a las modistas que la vistieran dando la espalda a su imagen. Las ricas telas crujían al ser movidas y ajustadas, las lentejuelas y adornos de cristales planos relucían bajo las luces especiales que descubrían cada detalle de la túnica dorada, unos delicados zapatos también dorados y casi planos ya lucían en sus pies. Tampoco se volvió a contemplar su imagen, con otro gesto de la mano reclamó a la peluquera que esperaba pacientemente, todo ello en silencio. Como por arte de magia, su pelo recogido se vio coronado de plumas de vivos colores que casi ocultaban cada lado de su rostro dando sensación de misterio y sensualidad a la vez.

Fue en ese momento cuando se fue volviendo despacio para enfrentarse con su imagen, sus movimientos eran lentos y calculados, los ojos cerrados y la respiración ligeramente agitada. Un pequeño toque en el codo le indicaba que ya estaba en la posición correcta y abrió los ojos con lentitud, como si aquellos brillos y sedas doradas de la túnica sobre un traje negro ajustado, la deslumbraran. Todo en silencio bajo las miradas expectantes de aquellas mujeres que la habían ayudado a causar esa admiración.

— Gracias— y les tendió las manos en un gesto agradecido — Ahora dejadme sola unos minutos.

Al abrir la puerta del camerino entró como si fuera un ráfaga de aire, el murmullo de la gente que esperaba su aparición en el escenario, la orquesta sinfónica probaba con notas de altos y bajos, el elenco en sus lugares respectivos para interpretar cada uno sus papel en la obra, como veinte años atrás, ahora la Diva, la bella Francesca, se enfrentaba al reto volver al escenario para no ser olvidada o destruir su recuerdo.

— Señora, es la hora, todos la esperan.

— Gracias, estoy preparada.

Con un caminar pausado y medido, avanzó al centro del escenario, el telón de terciopelo oscuro ya iba tomando altura con acodes suaves de la orquesta, cuatro focos la miraban desde las alturas y los aplausos ya sonaban en un auditorio al completo. “Son para mí, la Diva”.

………

Hasta que sus sentimientos no se vieron perturbados por la presencia de Oscar un apuesto músico, casado y con una hija, pensó Frida que sería capaz a sus 64 años de hacer de su vida todo aquello que quisiera y que nada entorpecería su futuro. Pero el encuentro con él al cabo de los años y el tiempo que los separó, encendió una pequeña llama que posiblemente no se había apagado. Ya hacia algunos años que murió su marido y los hijos buscaron su rumbo. Pero dejó de pensar en eso, se apasionó por la pintura y la soledad, y la quietud de su vida en una granja donde el viento soplaba sin cesar, algunas veces vigoroso, otra una tenue brisa, otras azotando desde el mar con fuerza los acantilados y sacudiendo puertas y ventanas. Por la noche incapaz de abstraerse yacía despierta en la oscuridad, oyéndolo llegar desde el Atlántico, barrer el páramo, agitar las ramas del viejo manzano que repiqueteaban en su ventana como fantasmas. El verano había quedado atrás, el viento lo avisaba. Octubre dio paso a noviembre y los días se acortaban cada vez más.

Un fin de semana, el inestable tiempo se tornó cálido y primaveral, amainó el viento y el sol brilló en un cielo sin una sola nube. Resuelta a sacar el máximo provecho a tan hermoso día, se encaminó hacia el acantilado. La subida avisó a Frida de que posiblemente no era tan acertado su deseo de llegar hasta el final, pero convencida de sí misma siguió adelante hasta llegar al final, allí y al borde del acantilado, se dejó caer en el suelo  y tomando aire se dispuso a regalarse un merecido descanso.

No estaba sola. No muy lejos la figura de un hombre que no distinguía bien, estaba sentado sobre una casi gigantesca roca. Sacó sus gafas de la pequeña mochila y lo distinguió, Oscar.  Caminó hacia él y el ruido de las piedras le hizo volver la cabeza, se ajustó las gafas de sol y caminó hacia ella, se iban acercando a sus destinos después de 30 años.

— ¿Frida?— ¿Eres tú?

— Sí, soy yo, con bastantes más años, al igual que tú.

— ¿Vives por aquí?

— Sí, en el pueblo, me vine de Londres para siempre ¿Y tú?

— Yo también, en una granja, a vivir mi soledad.

Hablaron, estaban en el borde del acantilado y el viento ya cansado de su inactividad, empezaba a rugir y el mar lanzaba su furia contra las rocas. Con dificultad, emprendieron el descenso hasta llegar a la arena y allí, al bajar la marea, quedaba al descubierto una pequeña cala en forma de media luna. Un lugar perfecto para saber de sus vidas en el pasado y  conocer la soledad de sus presentes.

El Solsticio de Invierno estaba por llegar.

…………

 

El telón de terciopelo oscuro había bajado, no hay música ni aplausos, los focos ya no deslumbran la escena, nada, nadie, sólo ella y el piano en un rincón del escenario. Lentamente levantó la brillante tapa y la contempló con esa nostalgia que dan los recuerdos y los años. Acarició las teclas como lo haría una madre a su niño dormido para que no se despierte, suavemente. La Diva acerca el taburete y al sentarse ante el piano siente un vértigo extraño. Sus manos algo torpes toman vida y vuelven a acariciar el teclado, el blanco y negro que guardan las más bellas melodías. Los recuerdos desnudan su energía.

Las manos, temblorosas y torpes, inician un intento de Adagio. Los que saben de arte suelen decir que, en los días que Bach compuso los seis conciertos de Brandeburgo, las estrellas se habían reunido a bailar en el firmamento. Cada vez que la gente habla de Bach, aluden a Dios y a su morada.

Una nueva caricia y siente en su interior al Fígaro de Mozart, el misticismo de Handel, las estaciones de un Vivaldi cambiante, la potencia viral de Beethoven, la dulzura de Brahms, incluso a un Wagner agresivo y que nunca fue su favorito, lo contrario del inigualable Tchaickovsky.

Sintió calambres en los dedos y volvió a la realidad. Quedaban en ella la relajación, la concentración y los recuerdos para romper el tiempo y olvidar.

 

 

 

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